Informalidad y empresas

Informalidad y empresas

Publicado en Septiembre 18, 2009, por , en Opinión, (Sin comentarios)

Como en mis ratos libres suelo realizar trabajos de asesoría y capacitación, se me ocurrió que sería buena idea constituir una empresa de acuerdo con los pasos legales: constitución de la sociedad, inscripción, registro y cumplimiento tributario frente a los gobiernos central y locales, permisos de funcionamiento y registro como contratista estatal (no parece mucho, verdad) y gestionar las cuentas bancarias para poder cobrar.

Para empezar la constitución: la notaría se demoró el trámite. La administración tributaria no se quedó atrás, si bien inscribirse fue relativamente fácil (aunque hubo un conflicto respecto de los documentos exigidos) me pasó 2 días cada mes haciendo cuentas, presentando declaraciones y pagando. Los permisos de funcionamiento municipal y contratación estatal fueron otro problema: mi actividad no requiere local (con Internet trabajo desde donde sea) o se realiza en las instalaciones del cliente así que no necesito tener una oficina… pero el Estado me exige alquilar un local, los estacionamientos e implementarlo para, sólo quizás, obtener una licencia en la que se diga que puedo hacer lo que ya hago.

En resumidas cuentas me tomó cuatro meses y el 25% de mi capital (que de por sí no era mucho) realizar los trámites que el Estado ha aprobado para “facilitar” el desarrollo de actividades económicas sin contar con el alquiler de un local que no necesito y todo el trabajo administrativo mensual… todo ello antes de siquiera poder cobrar mi primera factura.

Bueno, costó pero no tengo porque volver a hacerlo (al menos, eso espero) pero me toca pensar ¿es así como se estimula el desarrollo de las empresas? ¿Muchos requisitos y tasas sólo para que me digan que puedo hacer lo que ya hago? Esta experiencia me ha hecho comprender porque el Banco Mundial considera al Perú entre las economías que mayores trabas se ponen al desarrollo de nuevas empresas; con tantas trabas no es sorprendente que el 90% de los núcleos económicos sean informales.

Personas (todas ellas más conocedoras que yo) como Hernando de Soto se han percatado de este fenómeno y afirman que existen tendencias del mercado que orientan a las empresas a agruparse para así diluir los costos de la formalidad. Uno de ellos es un administrador amigo mío que dice que la informalidad es un sobrecosto, una ineficiencia de las empresas que les resta competitividad y en consecuencia oportunidades. Yo no comparto esa idea en su totalidad: reconozco que la informalidad puede ser riesgosa, insegura y un límite a las oportunidades pero es, en evidencia, la única modalidad bajo la cual un emprendimiento en expansión puede iniciarse. El Estado convalida esta creencia cada vez que establece un requisito nuevo o no elimina los duplicados.

Entonces, si ni siquiera se cumplen con normas expresas de simplificación (tales como respetar la gratuidad de formularios y recursos impugnativos) cómo esperar que se establezcan reglas que estimulen el desarrollo económico. Entidades como INDECOPI trabajan en eliminar las barreras de acceso al mercado pero no es suficiente. El caso es que todos estos requisitos han establecido una cota debajo de la cual no conviene ser formal (para qué serlo si hay que pagar más) ya que se sustraerían recursos del “core” del negocio.

Ahora, mientras el Estado castiga la informalidad a través de cuantiosas multas, mediante los hechos la promueve… entonces la pregunta es: ¿a nombre de quien debe ir la multa?

Así como se ve, no es de sorprender que muchas de las empresas que se inician formales cierren a los cinco años mientras que las informales duran diez o más años (no será una vida plena, pero es vida).

Tampoco extraña que la empresa bandera peruana, AJE, haya iniciado en la informalidad y sólo se “formalizara” sólo después de alcanzar un determinado crecimiento.

Lamentablemente el mensaje final se traduce en “no seas formal si no te conviene.

Deje un comentario